Cuatro años en el reino de los gigantes
Había una vez un club que no nació en un castillo, ni bajo una lluvia de oro, ni al abrigo de un linaje poderoso. Nació en Manacor, un 14 de julio de 1998, con el nombre de Associació Esportiva Manacor, con Miquel Jaume al frente y con más fe que riquezas. Nació pequeño, como nacen las historias verdaderas, en una comarca que todavía no sabía que aquel equipo humilde acabaría escribiendo páginas imposibles en el gran libro del fútbol sala europeo.
Durante años, aquel club fue creciendo como crecen los personajes de los cuentos: a base de pruebas, destierros y regresos. Subió categorías, descubrió la plata, rozó la élite, cayó, volvió a levantarse y aprendió que no todos los caminos hacia la gloria son rectos. Hubo ascensos, descensos, mudanzas forzadas, pabellones prestados y decisiones que parecían dolorosas y acabaron siendo fundacionales. El viaje de Manacor a Palma fue una especie de exilio, pero también el principio de una nueva vida. Primero el Palma Arena, después Son Moix. Y allí, en aquel pabellón que terminaría siendo fortaleza, se fue creando algo que parecía imposible en una isla acostumbrada a mirar el deporte desde cierta distancia: una afición.
No era una afición heredada. No venía de generaciones antiguas ni de vitrinas llenas. Se creó de la nada, como se levantan los pueblos en las leyendas: con paciencia, con identidad y con la certeza de que pertenecer a algo no siempre exige títulos, sino verdad. El Palma Futsal fue ganándose a Mallorca partido a partido, noche a noche, llenando gradas, rompiendo prejuicios, convirtiendo Son Moix en un lugar donde el fútbol sala dejaba de ser un deporte pequeño para transformarse en ceremonia.
Pero la Champions, aquella palabra brillante y lejana, seguía siendo otra cosa. Era el bosque encantado. Era el territorio de los gigantes. Era el lugar donde vivían los grandes clubes de Europa, los escudos con coronas, los presupuestos inmensos, las secciones protegidas por imperios futbolísticos. Para el Palma, durante mucho tiempo, la Champions fue una fantasía. Un cuento que se contaba en voz baja. Una ilusión demasiado bonita como para decirla en serio.
Hasta que un día dejó de serlo.
El 18 de junio de 2022, el Palma derrotó al Jaén Paraíso Interior en las semifinales del playoff liguero. Aquel triunfo abrió una puerta que nunca antes se había abierto para el fútbol sala balear: el billete a la UEFA Futsal Champions League. De pronto, el pequeño club que había nacido en Manacor, que había emigrado, sufrido, crecido y encontrado su casa en Palma, estaba invitado al banquete de los gigantes.
Y entonces empezó el cuento.
El despertar europeo
Todavía con la inocencia del recién llegado, el Palma Futsal se preparó para entrar en una competición que no perdona. En verano perdió piezas importantes, Nunes o Higor, pero se reforzó con nombres de experiencia continental: Tayebi y Rivillos, dos viajeros acostumbrados a caminar por Europa.
El sorteo, sin embargo, no tuvo piedad. El debutante cayó en el llamado grupo de la muerte, en Bruselas, junto al Kairat Almaty, el Anderlecht anfitrión y el Sporting de París. Para cualquier otro, aquello habría parecido una mala señal. Para el Palma fue la primera página perfecta: porque los cuentos no empiezan con caminos fáciles, sino con dragones esperando detrás de la puerta.
Y el primer dragón mordió pronto. Frente al Sporting de París, el estreno europeo comenzó con un golpe cruel: 0-3 en apenas unos minutos. El sueño parecía deshacerse antes de empezar. Tres zarpazos, tres goles, tres heridas en el orgullo del novato. Pero aquel equipo no había llegado hasta allí para bajar la cabeza. Marlon marcó el primer gol europeo de la historia del club y encendió una chispa que ya no se apagaría. Después llegaron Eloy Rojas, Tayebi, Rivillos, la avalancha, la fe, la furia. El 0-3 se convirtió en un 11-5. El susto inicial se transformó en una presentación majestuosa. Europa descubrió que aquel debutante tenía alma de protagonista.
El segundo partido fue ante el Kairat Almaty, uno de los reyes antiguos del continente. El Palma empató 2-2, resistió, compitió y logró la clasificación para la Elite Round antes incluso de cerrar la primera fase. Después, ante el Anderlecht, otro empate, otro 2-2, y una recompensa inesperada: el primer puesto del grupo.
Son Moix pidió ser sede de la Elite Round y la Champions aceptó visitar Palma. El pabellón se vistió de azul europeo, mudó la piel, cambió su escenografía y se convirtió en un palacio de Champions. Dobovec, Piast Gliwice y Novo Vrijeme llegaron a la isla sin saber que Son Moix empezaba a construir su propia leyenda.
El Palma venció 8-2 al Dobovec, goleó 5-0 al Piast Gliwice y cerró la fase con un 2-1 ante Novo Vrijeme. Tres partidos, tres victorias y un billete a la Final Four en el año de su debut. Lo que parecía una locura se había hecho realidad. El club que nunca había pisado Europa estaba entre los cuatro mejores del continente.
Y entonces la historia se volvió aún más fantástica.
Palma quiso la Final Four. Son Moix no cumplía todos los requisitos, así que el club encontró otro escenario: el Velòdrom Illes Balears, aquel antiguo Palma Arena donde la ciudad había empezado a enamorarse del equipo años atrás. Hubo que transformarlo, vestirlo, adaptarlo, convertir una pista de ciclismo en un teatro europeo. Y se hizo. Como en los cuentos, el viejo escenario regresó para cumplir una profecía.
En semifinales esperaba el Benfica. Uno de esos nombres que pesan antes de que ruede la pelota. El Palma ganó 4-3 en una noche al borde del desmayo colectivo. El Benfica llegó a empatar fuera de tiempo, con el reloj reducido a décimas y el corazón de todo un pabellón suspendido en el aire. El videoarbitraje anuló el gol y el Velòdrom estalló como si se hubiera roto un hechizo.
La final fue contra el Sporting Clube de Portugal, otro gigante, bicampeón de Europa, dueño de una tradición inmensa. El partido terminó 1-1. Hubo prórroga. Hubo tensión. Y llegaron los penaltis, precisamente el territorio maldito para el Palma, ese lugar donde tantas veces la historia le había cerrado la puerta. Pero los cuentos existen para que las maldiciones se rompan en el momento exacto. Luan Muller detuvo, los lanzadores no fallaron y Mario Rivillos puso la firma final. El Palma Futsal, el club que había llegado a la Champions como debutante, era campeón de Europa.
El primer título de su historia no llegó en una competición menor ni en una noche cualquiera. Llegó en casa, ante su gente, contra los grandes, desde los penaltis. Fue como si la historia entera del club hubiera esperado ese instante para reconciliarse consigo misma. Había empezado una era.
La corona viaja a Armenia
En los cuentos, después de conquistar el primer reino, llega la prueba más difícil: demostrar que la hazaña no fue un milagro aislado. Se fueron Tomaz, Eloy Rojas, Marlon, Mancuso, Cainan y Dani Saldise. Llegaron Rómulo, Vilian, Bruno Gomes, Marcelo y Salar. Cambiaban los rostros, pero no la ambición.
El club estrenó nombre europeo: Illes Balears Palma Futsal. Ya no representaba solo a una ciudad ni a una isla, sino a todo un archipiélago. La Champions volvía a Son Moix, otra vez como sede de la Main Round. Palma se estaba convirtiendo en capital del fútbol sala europeo casi sin pedir permiso.
El campeón inició la defensa del título en casa. Ganó 3-1 al Haladás, goleó 9-4 al Differdange y venció 4-3 al Kairat Almaty en un duelo intenso que volvió a confirmar que los grandes no intimidaban a aquel equipo. Otra vez primero de grupo. Otra vez el camino bien trazado. Otra vez Son Moix convertido en muralla.
La Elite Round también se jugó en Palma. El Illes Balears derrotó 5-3 al Olmissum con Moslem vestido de héroe, superó 3-1 al Lubawa en un partido de oficio y empató 2-2 ante el Hit Kyiv para alcanzar su segunda Final Four consecutiva. Son Moix, lleno hasta la bandera, aprendió a celebrar las clasificaciones europeas como quien celebra una tradición antigua.
Pero esta vez la fase final no estaría en Palma. Tocaba viajar lejos, hasta Ereván, en Armenia. Más de cuatro mil kilómetros separaban al equipo de su fortín. Allí no habría Velòdrom rugiendo ni Son Moix empujando. Habría que defender la corona en tierra extraña.
El sorteo volvió a cruzarlo con el Benfica. La semifinal fue otro combate de nervios, orgullo y supervivencia. El Palma se vio contra las cuerdas. Perdía 3-1. Luego 4-2. Parecía que la corona se escapaba. Pero Luan Muller apareció como recurso ofensivo, Marcelo abrió una rendija, Gordillo empató y el partido se fue a la prórroga. Después, a los penaltis. Y allí apareció Carlos Barrón. El capitán, guardián de tantas noches, detuvo dos lanzamientos y llevó al Illes Balears Palma Futsal a otra final. La maldición de los penaltis, rota un año antes, se transformaba ahora en talismán.
La final fue contra el Barça, el gigante nacional, el equipo que tantas veces había marcado el techo del fútbol sala español. El Palma empezó perdiendo con un gol de Adolfo, pero no se quebró. Rómulo y Vilian le dieron la vuelta antes del descanso. Barrón sostuvo al equipo con dobles penaltis detenidos. Luan Muller firmó una parada decisiva cuando el empate parecía inevitable. Neguinho marcó el 3-1, y después llegaron Chaguinha y otra vez Neguinho para cerrar un 5-1 histórico. El Illes Balears Palma Futsal era bicampeón de Europa.
Ya no había manera de esconder la magnitud del relato. Un club sin títulos nacionales era capaz de conquistar dos Champions consecutivas. Un club que cada verano perdía piezas importantes volvía a reinventarse. Un club que no pertenecía a ningún gigante futbolístico había vencido al Benfica, al Sporting y al Barça en noches decisivas. El pequeño ya no solo se enfrentaba a gigantes: empezaba a reinar sobre ellos.
La leyenda que nadie había escrito
La temporada 2024/25 volvió a empezar con despedidas. Rómulo, Vilian, Chaguinha, Tayebi, Moslem y Cleber dijeron adiós. Llegaron Piqueras, David Peña, Machado, Mateus Maia, Henrique y Thierry. Otra vez el club debía reconstruirse. Otra vez Europa miraba al campeón preguntándose si esta vez, por fin, se le acabaría la magia.
Pero la magia del Palma nunca fue magia del todo. Era trabajo disfrazado de milagro. Era una idea de club. Era una forma de competir. Era Antonio Vadillo construyendo desde la pizarra, los jugadores creyendo desde la pista y Son Moix empujando desde la grada.
La Main Round volvió a Palma. El Illes Balears Palma Futsal goleó 9-1 al MNK Futsal Dinamo, venció 4-0 al United Galati y derrotó 5-1 al Dobovec. Tres victorias, dieciocho goles a favor y solo dos en contra. El campeón parecía haber aprendido a empezar los cuentos sin sobresaltos, aunque Europa siempre guardaba una página difícil.
La Elite Round también se jugó en Son Moix. El sorteo trajo un rival temible: el Semey kazajo, reforzado con nombres enormes y señalado como aspirante al título. El Palma ganó 4-1 en una noche de autoridad. Después repitió marcador ante el Lučenec y sufrió hasta el último suspiro frente al Rekord Bielsko-Biała, en un 3-3 que le dio la clasificación para su tercera Final Four consecutiva.
Ese empate trajo, además, un récord histórico: 22 partidos seguidos sin perder en la UEFA Futsal Champions League, superando la antigua marca del Playas de Castellón. La racha había nacido con aquel 0-3 inicial ante el Sporting París y se había convertido en una línea interminable de noches invictas. El cuento ya no pertenecía solo al Palma. Pertenecía a la historia de la competición.
La Final Four se disputó en Le Mans, Francia. El equipo llegó con la baja dolorosa de Piqueras, lesionado una semana antes. En semifinales esperaba el Sporting CP, aquel rival de la primera final, aquel gigante que buscaba revancha. El Palma jugó una semifinal de madurez absoluta. Defendió, esperó, golpeó y ganó 3-0 con goles de Gordillo, Rivillos y Luan Muller. Fue una lección táctica, una demostración de autoridad silenciosa, la prueba de que el campeón no solo sabía atacar: también sabía gobernar los partidos desde el sufrimiento.
La final fue contra el Kairat Almaty, otro bicampeón de Europa. El equipo kazajo empató pronto el gol inicial de Gordillo, pero antes del descanso Machado y Rivillos pusieron el 3-1. Luego llegó una segunda parte de leyenda. Fabinho, convertido en figura imperial, marcó cuatro goles en una final. Neguinho repartió cinco asistencias y fue elegido MVP. El Palma arrasó 9-4. No ganó: deslumbró. No defendió una corona: fundó una dinastía.
El Illes Balears Palma Futsal se convirtió en el primer club de la historia en ganar tres UEFA Futsal Champions League consecutivas. Tres títulos en tres participaciones. Veinticuatro partidos europeos sin perder. Una final con récord de goles. Un jugador con cuatro tantos. Otro con cinco asistencias. La lógica se quedó sin palabras.
El pequeño reino ya no era pequeño por lo que hacía, aunque siguiera siéndolo por su origen y por su estructura. Y quizá ahí estaba el encanto más profundo del cuento: en que el Palma seguía pareciendo un club humilde incluso cuando levantaba coronas reservadas a emperadores.
La última batalla
La temporada 2025/26 abrió otra vez con salidas: Neguinho, Gordillo, Bruno Gomes, Henrique y Marcelo. Llegaron Lucão, Dennis, Alisson, Deivão y Lín. El club afrontaba su cuarto sueño europeo con una novedad enorme: la Champions cambiaba de formato. Desaparecía la vieja Elite Round y nacían eliminatorias a doble partido. Menos margen de error. Más peligro.
El Illes Balears Palma Futsal entraba como tricampeón, como rival a batir y, por primera vez, como equipo con mayor coeficiente de la competición. Aquel club que había debutado con 34.833 puntos alcanzaba ahora 82.334, el coeficiente más alto registrado en la historia del torneo. Era la confirmación estadística de algo que la pista ya había dicho: Europa tenía un nuevo centro de gravedad.
Son Moix volvió a ser sede de la Main Round. El grupo era durísimo: Etoile Lavalloise, FK Chrudim y FC Semey. El Palma ganó 2-1 al Lavalloise en un partido trabajado, derrotó 3-1 al Chrudim y venció 7-4 al Semey. Otra vez primero de grupo. Otra vez el pabellón como fortaleza. Otra vez la sensación de que, cuando Son Moix se vestía de Champions, el aire cambiaba.
Con aquella victoria ante el Semey, el Palma alcanzó los 27 partidos consecutivos sin perder en competición europea y superó incluso la racha invicta del Manchester City de Pep Guardiola en la Champions de fútbol. El récord ya no era solo de fútbol sala. Era una marca continental, transversal, casi fantástica.
Después llegaron los octavos contra el Hit Kyiv, ya bajo el nuevo sistema. La ida se disputó en Hungría, en sede neutral, por la situación bélica de Ucrania. Fue una noche fría, áspera, incómoda. El Palma empató 2-2, rescatado por un penalti de Fabinho, pero pagó un precio duro: el propio Fabinho y Machado quedaron sancionados para la vuelta. Son Moix debía resolver sin dos piezas importantes.
Y Son Moix respondió. En la vuelta, el Palma ganó 4-2 con Rivillos en modo “Mr. Champions”, Dennis infranqueable, Alisson decisivo y Ernesto cerrando la noche. El equipo alcanzó los cuartos y estiró la racha invicta hasta cifras que parecían inventadas. No era solo ganar. Era seguir encontrando caminos cuando faltaban jugadores, cuando el calendario apretaba, cuando el rival exigía.
En cuartos apareció el Riga Futsal Club. La ida en Palma fue una montaña rusa. El equipo llegó a ponerse 6-0, pero terminó concediendo vida al rival en un 7-4 que dejaba ventaja, aunque no sentencia absoluta. En la vuelta, en Letonia, el Palma sufrió, resistió y acabó perdiendo 1-0 con un gol en propia puerta. Aquella derrota rompió la racha europea. El invicto cayó, como caen los hechizos antiguos, de manera extraña y casi irónica. Pero el objetivo seguía vivo: el Palma estaba en su cuarta Final Four consecutiva.
Se disputó en Pésaro, Italia. El equipo llegó tocado. Rivillos, uno de los grandes nombres de la historia europea del club, estaba fuera por lesión. Luan Muller apenas había vuelto tras meses entre algodones. El frenético calendario pesaba en las piernas. Pero el cuento todavía guardaba una de sus escenas más extraordinarias.
La semifinal fue contra el Etoile Lavalloise. El partido empezó como una pesadilla. 0-2 en seis minutos. Luego 1-6 antes del descanso. El vigente tricampeón parecía herido de muerte. Cualquier otro equipo habría firmado su rendición en silencio. El Palma, no.
Fabinho marcó antes del descanso el 2-6 y dejó una puerta entreabierta. En la segunda parte, Machado hizo el tercero. Deivão, el cuarto. Fabinho, el quinto. El miedo cambió de bando. Lavalloise, que había corrido como un vendaval en la primera parte, empezó a mirar el reloj como quien mira llegar una tormenta. A cinco minutos del final, penalti. Fabinho no falló. 6-6. La mayor remontada en una Final Four estaba escrita ante los ojos de Europa.
En los penaltis, todos caminaban sobre un hilo. Luan Muller, que había vivido meses de dolor y regreso incierto, detuvo el lanzamiento de Guirio con el pecho. Y Piqueras, el jugador que un año antes se había perdido la Final Four por una lesión grave, marcó el penalti definitivo. El Palma estaba en otra final. La cuarta consecutiva. Lo que nadie había hecho antes. El cuento, incluso cuando parecía agotado, encontraba una página nueva.
Pero los cuentos también conocen la tristeza.
La final fue contra el Sporting CP. El rival de la primera corona. El gigante herido. El adversario que había caído ante el Palma en la final de 2023 y en la semifinal de 2025. Esta vez, el Sporting golpeó primero con Diogo Santos y defendió su ventaja con oficio. El Palma lo intentó, tuvo superioridad, buscó caminos, pero no encontró la llave y una pérdida acabó en el 2-0 definitivo.
El trono cambió de dueño. No hubo cuarta corona consecutiva. La historia de dominio perfecto se detuvo en Pésaro. Pero no terminó como terminan las derrotas vacías. Terminó como terminan los grandes ciclos: con el rival levantando el título y con todos sabiendo que lo que había construido el Illes Balears Palma Futsal ya no podía borrarse.
Porque aquel club humilde, nacido lejos de los grandes palacios deportivos, había hecho algo que el fútbol sala europeo nunca había visto. Tres Champions consecutivas. Cuatro finales seguidas. Récord de partidos invicto. Victorias ante Benfica, Sporting, Barça, Kairat, Semey y tantos otros. Finales ganadas en penaltis, remontadas imposibles, noches en Palma, Ereván, Le Mans y Pésaro. Un equipo sin títulos nacionales antes de su primer gran salto continental había acabado convirtiéndose en medida de grandeza para todo el continente.
Y quizá ahí está la verdadera moraleja del cuento.
No todos los reinos se levantan con oro. Algunos se levantan con viajes incómodos, con lesiones, con veranos de despedidas, con entrenadores que reinventan plantillas, con porteros que aparecen cuando el abismo se acerca, con jugadores que se marchan y otros que llegan para continuar la obra, con una afición que empuja como si cada partido fuera una promesa.
La Champions fue para el Palma una fantasía. Luego fue un sueño. Después, una conquista. Más tarde, una costumbre imposible. Y finalmente, un legado.
Hoy el cuento queda en pausa. No cerrado. Porque los buenos cuentos nunca terminan del todo cuando sus protagonistas siguen vivos, cuando la casa sigue en pie y cuando la gente aún recuerda cómo sonaba Son Moix en las noches europeas. El pequeño que se enfrentaba a gigantes ya sabe lo que es llevar corona, perderla y seguir caminando con la cabeza alta.
Algún día, quizá, se abrirá otra vez el libro. Volverán las luces de Champions, volverán los nombres difíciles, los viajes largos y los gigantes al otro lado de la pista. Y entonces, en algún rincón de Palma, alguien recordará que todo empezó como una fantasía.
Y que, durante cuatro años, la fantasía fue real.















